9 de agosto de 2009

(Capitulo 4) Ciudad Merth

Siguiendo las instrucciones de Centuriel me presenté al día siguiente con el señor Bisut, un hombre de modos severos que me miró con cierto desprecio. Sin embargo su rostro cambió después de que terminara sin problemas la prueba que me hizo y desde entonces me trató con más respeto. Balbució algo que no entendí sobre los extranjeros, mientras que escribía y firmaba un documento en el que me recomendaba para integrarme a los últimos niveles de la academia y luego me despidió del lugar.

Al día siguiente me mudé a las barracas del campo y agradecí de corazón el cambio. Para ser sincero prefería la rutina estricta -y ese catre medio vencido y lleno de paja con una sola manta- a la enorme habitación dónde amablemente me habían alojado mis anfitriones y a la acartonada vida en palacio en la que hasta para dormir hay que guardar las formas.

Contar lo que sucedió durante aquellos tres meses sería demasiado tedioso, en parte porque las sesiones de entrenamiento me resultaban harto aburridas; no vayas a creer que es presunción Han, pero el entrenamiento –sin ser por ello menos riguroso- no representaba un verdadero reto para mí y bien que hubiera podido ser maestro de aquella academia. Y esto, sumado al color oscuro de mi piel y al involuntario silencio que guardaba cada vez que alguno de mis compañeros preguntaba sobre mis orígenes –en parte porque desconocía el lenguaje y en parte por la amnesia que me aquejaba-provocaba entre ellos, la mayoría más jóvenes que yo, un cierto temor que más bien les ahuyentaba y les hacía mantener la distancia, situación que solo consiguió agravar mi soledad y fomentar mi mutismo. Y contrario a todos los demás que ya no podían esperar para la ceremonia pública de nombramiento, a mi no me causaba ni la más mínima emoción, en cierto modo dicho juramento ya lo había hecho cuando ofrecí mis servicios al monarca.

Afortunadamente mis superiores no me trataron con alguna consideración especial y agradecí la indiferencia, fui tratado con el mismo rigor que cualquier otro y asignado al mismo tipo de tareas. En mis primeros turnos se me asignó para patrullar una sección de la muralla norte, lugar dónde caminaba por horas con la mirada perdida en las montañas allá a lo lejos, tratando de hacer volver a mi memoria recuerdos -como aquel que trajo la alabarda a mi cabeza- sin resultado alguno. Luego por la tarde y hasta la medía noche debía de hacer guardia en el palacio, ahí tenía muchas más ocupaciones que evitaban que mi mente se alejara de mi cuerpo y lo dejase inmóvil, con la mirada perdida en el abismo.

El esperado día de la ceremonia llegó por fin y el palacio era un ajetreo absoluto, los criados corrían de aquí para allá con bandejas, sillas y manteles, y los pasillos hervían de gente que gritaba y daba órdenes. Afortunadamente el capitán nos había dado la tarde libre para que nos preparáramos para la ceremonia, así que me escabullí y me paseé por la ciudad el resto del día.

Merth, según me había dicho Centuriel, era la capital de Mirau. Ciudad amurallada con una población cercana a los veinte mil hombres y construida en medio del valle que le había dado su nombre. Eran tiempos de paz para un reino próspero y la ciudad reflejaba ese bienestar: limpia, bella y rebosante de gente cálida y amable. En verdad no recuerdo haber visto pobreza en las calles o algún otro lugar en el que se adivinara miseria. Si bien era fácil saber a simple vista quienes eran los más afortunados, no era tan fácil descubrir quién sufría carencias. Las causas me parecían bastante evidentes, la ubicación geográfica de Merth representaba un lugar aventajado y era paso obligado para las caravanas de comerciantes de todos los lugares del país. Y aunque la prosperidad de la ciudad resultaba casi obvia, su aspecto insólito me intrigaba, sus altas torres de mármol blanco acaramelado brillando bajo el sol en medio del derroche de verdor de los campos alrededor y los banderines azules ondeando en la brisa matutina es un espectáculo que no olvidaré fácilmente.

Pero para ser sincero y a pesar de todo, sentía que no encajaba en aquel lugar, a ratos me sentía como si estuviese perdido y luego me deprimía al recordar que en verdad lo estaba; era una sensación en verdad difícil de describir pues cosas tan naturales como ir a traer agua de un pozo me resultaban insólitas y a veces hasta desconcertantes, en especial esas dos lunas que parecían burlarse socarronas de mi cada vez que miraba al cielo esperando ver solo una; era enloquecedor, me desesperaba poder recordar cosas tan inútiles como las configuraciones de las nubes de tormenta, o saber que mezclando algo de azufre, salitre y carbón podías obtener pólvora y no poder recordar quién diablos me lo enseñó y mucho menos el lugar en que lo aprendí.

Anduve mucho rato sin rumbo fijo por la muralla hasta que decidí ir a sentarme al borde de la almenara del norte, lugar que empecé a frecuentar en tardes como aquella. Desde lo alto de esa torre se podía ver claramente la cordillera de Carión y allá a lo lejos el pico del Mid-Azel del que solo se distinguía el pico cubierto de nieve que se erguía majestuoso sobre el valle de Merth y se perdía en los bosques alrededor. El sol cayó lentamente en el horizonte y las horas de la tarde se consumieron en medio de un turbulento remolino de sinsentidos que invadieron mis pensamientos, hasta que por fin llegó la hora de volver a palacio. Aquello fue suficiente para distraerme y ahuyentar por un buen rato a la maldita nube insana que me perseguía con sus desvaríos.

Sin embargo la ceremonia no contribuyó mucho a mantener alejados aquellos pensamientos pues me resultó tremendamente aburrida, aunque no sé que tanto aquello podía atribuirse a mi desgano y que tanto al tedio inherente a esas ceremonias. Sin embargo no por ello deje de prestar solemne juramento de lealtad a Centuriel y a Naomi, quiénes me otorgaron junto a otros 19 compañeros el título de caballero real del reino soberano (y otros 30 adjetivos editados por cuestiones de espacio) de Mirau. Terminando las formalidades y el protocolo de la ceremonia procedió una fastuosa cena durante la cual ya nadie reparó en mí; y como los invitados eran numerosos y el vino abundante, finalmente terminé solo entre un montón de gente que jamás había visto y que felicitaba calurosamente a mis compañeros, mientras bebían y reían sin parar.

Sentado en la más absoluta soledad entre aquel mar de gente empecé a cuestionarme ¿por qué diablos decidí quedarme siendo que me estaba costando trabajo encajar en ese lugar? tal vez hubiera sido mejor tomar la segunda opción y marcharme de una buena vez, pero tampoco tenía caso precipitarse, no sabía ni siquiera por dónde podía empezar. Quizás si regresaba al Corazón de las Montañas recordaría algo, quizás había algo escondido en la nieve o quizás conociera a la gente de los alrededores. ¿Y las armas? Ervanú quedaba muy lejos de Carión, demasiado lejos ¿que diablos estaría haciendo solo en Carión? ¿Estaría viajando hacia Riam? ¿Quizás venía ya de vuelta?

Llegaron varios criados que sirvieron exquisitos y abundantes platillos en las fuentes de las mesas y los comensales iniciaron el festín. Me serví como cualquier otro para no desencajar pero no probé bocado; una chica bastante llenita sentada a mi lado comenzó a comerse lo que había en mi plato y se lo acerqué para poder seguir divagando a pleno gusto. Había algo en todo esto que me disgustaba, sentía como si supiera algo más de lo que podía recordar sin poder acertar a decir exactamente que era. En mi mente danzaban palabras y sonidos que resultaban inexplicables en este lugar y más de una vez me sorprendí explicando fenómenos naturales a mis compañeros, quiénes recelaban por la sencillez con la que hablaba y terminaban negando la posibilidad de que yo supiera todo aquello, alegando que para obtener aquellos conocimientos era necesario dedicar una vida entera, y todo ello solo contribuía a acrecentar esa malhadada percepción intimidante que les mantenía a distancia. Y por otro lado estaban los recuerdos que volvieron junto con mis armas cristalinas ¿qué era ese lugar dónde había estado amarrado? Muy pequeño, jamás hubiera podido estar de pie… estaba sentado… de hecho atado al asiento y mis manos sujetaban una rueda frente a mi tras la cuál pequeñas y curiosas luces parpadeaban, y fuera un torrente estruendoso estaba a punto de entrar e inundar el lugar golpeando los cristales que cerraban aquel pequeño lugar ¿Sería alguna alucinación fantástica? Luego había conseguido desatarme y huí de ahí, presa del mas absoluto terror y un segundo después era envuelto por los elementos desatados y la oscuridad.

Volví a la realidad respirando agitadamente. Debía encontrar ese lugar, ese recinto oscuro de paredes de cristal, y estaba seguro que debía estar cerca de aquel desfiladero insondable en esa malhadada montaña donde yace el corazón de las montañas, debía volver a ese lugar y recuperar cuanto pudiese. Quizás dejé cosas arrojadas que me ayudarán a refrescar la memoria y que quizás traerán de vuelta más de esos recuerdos que tanto busco. “Quizás”, siempre el maldito “quizás” ¿Y si no encontraba nada? por lo menos estaría seguro de ello y dejaría de atormentarme ¿pero entonces valía la pena? No había mejor modo de saberlo que yendo a ese lugar y comprobarlo con mis propios ojos…

Quizá hubiera seguido divagando por mucho más tiempo de no ser que algo me distrajo. Me arrebató de mis pensamientos la mirada fija de alguien y al buscar al dueño de la mirada, mis ojos se encontraron por un instante con los de ella, quién, sentada en otra de aquellas largas mesas, me regaló una hermosa sonrisa que me desconcertó por completo. Duró tan solo unos segundos pero fue incomprensible, fue como si todo lo que hubiera sucedido hasta ese momento hubiera sucedido solo para que su mirada y la mía se encontraran en ese momento por esa fracción de segundo. Ella desvió la mirada y siguió la conversación con su compañera. La sensación fue extraña, hubo algo en ella que me cautivo al instante sin saber exactamente que fue ¿ó era la bebida lo que me provocaba esa sensación? ¿Sería el haber vuelto tan abruptamente a la realidad? No, no quería divagar tonterías, no me sentía de humor para ello. Tonterías, eso eran: puras tonterías. Al poco rato comenzaron la música y los bailes y yo, con la mirada de aquella chica aún dando compases en mi cabeza y con el ambiente amenazando sofocarme, decidí ignorar las miradas de los presentes que vieron con desaprobación como me levantaba y huía fuera de aquel salón de dorados reflejos y enormes cortinas de terciopelo para refugiarme bajo una enorme encina en el jardín.

Fuera estaba tranquilo y silencioso, era una fresca noche de verano con un cielo despejado y cristalino. Las dos lunas resplandecían en el cielo y al este Direv crecía mientras que al oeste Ferimen menguaba. Me fui a sentar a la parte más baja de una larga escalinata blanca a cuyos lados había bustos de hombres y mujeres rodeados de estanques y maceteros llenos de alcatraces y lirios y por dónde el agua bajaba lentamente en forma de pequeñas cascadas tintineantes.

A pesar de lo insoportable de la soledad que experimentaba en aquel lugar, misma que se agravaba por estar rodeado de personas de las cuales solo había dos o tres con quienes sentía confianza, y un número solo un poco mayor de quienes lo único que podía decir era que no me resultaban desconocidos, no deje que influyera mucho en mi ánimo. Aquella noche era demasiado bella como para hacer una reflexión filosófica de lo vacía que pudiera parecer mi vida o encontrar la posible razón de mi existencia. Me tumbé en un banco de piedra cerca de una encina que de día seguro daba una magnifica sombra sobre la escalinata y me sumí en la contemplación boba e ingenua del cielo inconmensurable, y creo que fue por ello que no me percaté de la presencia de aquella chica, hasta que con su voz atiplada y dulce me arrancó mis bobos pensamientos.

- Hola, buenas noches – dijo simplemente, de pie a mi lado, con sus manos sobre el barandal.

- ¿Qué? ¿Quién dijo eso? – fue lo primero que pensé creyendo que el saludo no había sido dirigido a mí y tontamente busqué al destinatario hasta que caí en la cuenta que estábamos solos en el jardín. Ella era una muchacha de no más de 20 años de edad, llevaba un vestido color lila que no supe a ciencia cierta si era en verdad hermoso o era ella quién lo hacía lucir tan bien, su piel blanca y ligeramente dorada contrastaba con sus cabellos rojizos, que caían graciosamente alrededor de sus pómulos y sobre su nariz hasta tocar las comisuras de sus labios, delgados y enrojecidos, como sus mejillas. Pero lo que realmente me hizo estremecer fueron sus ojos, de un color verde grisáceo como nunca antes había visto. Supe de inmediato quién era: me había arrancado de mis pensamientos dentro del salón a fuerza de mirarme.

- Buenas noches señorita – respondí con un ademán y desvié la mirada un poco. Tímido, no sé bien si por naturaleza o quizás para hacerme el interesante me quedé en silencio mientras pensaba lo extraño que resultaba que aquella chica me hablase. Ya me había acostumbrado a que en este lugar, las muchachas de mi edad que aparentaban pertenecer a una familia noble me miraran con cierto recelo y quisieran conversar conmigo tanto como deseaban la oportunidad de sacar la basura de su casa. Me quedé en silencio mirándola sin saber que decir y mis manos se acalambraron y mi corazón comenzó a latir cada vez más rápido. Si le sostenía la mirada terminaría rodando escaleras abajo, hipnotizado.

- La de hoy ha sido una velada verdaderamente espléndida ¿no os parece caballero? – comentó con alegría, aunque me pareció algo fingida.

- ¿qué?… eh sí, seguro que así ha sido – respondí tartamudeando y luego volví a desviar la mirada sin atreverme a mirarla de nuevo y aunque me desconcertaba que si dirigiese a mi sin siquiera titubear, me sentí más bien halagado de que aquella muchacha me hablase.

- Os he estado observando – continuó ella – y puedo adivinar por vuestros rasgos y modos que no sois de Merth ¿De dónde sois? –

Aquella era una buena pregunta. Tartamudeé y me sentí estúpido: el único tema de conversación que surgía y yo no tenía forma de responder

- A decir verdad ignoro la respuesta a esa pregunta señorita – fue lo mejor que se me ocurrió – Tan solo sé que vengo de algún lugar muy lejano hacia el sur –

- ¿El sur? – repitió con voz soñadora – ¿Venís quizá del Daerum? ¿Más lejos quizás?–

- No lo sé, imagino que mas lejos de lo que jamás habéis viajado – respondí tratando de agregar una pizca de fallida ironía gracias a un ligero tartamudeo. Repentinamente sentí un impulso irracional de evadir la conversación y salir huyendo, quizás por ese cosquilleo en el estómago que me provocaba el tan solo mirarla.

- ¿Y acaso no acostumbráis en ese lejano lugar invitar a las damas a tomar asiento? –

En ese momento deje de sentirme estúpido pues me convencí de que en realidad lo era y con toda razón ¡había olvidado levantarme e invitarla a tomar asiento! aunque tan solo fuese un vil pedrusco. Pero mi estupor me impidió moverme, estaba algo atontado, anonadado ¿aquella hermosa chica coqueteaba conmigo? inverosímil ¿por qué inexplicable razón podía querer ella estar al lado del ente mas aburrido e indiferente sobre toda la faz del planeta? Ella insistió para sacarme del mutismo.

- ¿Y bien? – insistió.

- Disculpad – dije reaccionando al fin y levantándome de un brinco – por favor, acompañadme y sentaos a mi lado, en este su muy humilde banco –

Acompañé mi invitación de un sutil tono socarrón, fue casi inevitable, mi sentido del humor a veces se sobreponía a la cortesía.

- Gracias caballero – respondió, pero un instante antes de sentarse replicó – imagino que no os molesta si os acompaño –

- E imagináis bien – repliqué con indignación, incluso pensé en decirle que me ofendía que pensara así, pero me contuve – vuestra presencia me halaga –

Nos sentamos uno al lado del otro en aquel banco de piedra y hubo unos instantes de incómodo silencio entre los dos. Ella me miraba fijamente y volví a enrojecer. “Bueno ¿Qué tanto miráis?” pensé lanzar al aire pero me contuve.

- Y bien – dije lo primero que se me ocurrió – ¿Cuál es vuestro nombre? –

- Elaina de Centurie, caballero ¿y vos sois? –

- ¿Os bastará con Davian? –

- ¿Bromeáis? – replicó – ¿Acaso no os sentís orgulloso del nombre de vuestra casa? ¿o es que acaso olvidáis el duro entrenamiento en la compañía del señor Bisut? ¿No sufristeis de desvelos y largas horas de guardia para obtener vuestro título de caballero? ¿No os avergonzáis de usarlo o si? –

- Vaya, no recuerdo haber dicho eso – repliqué encogiéndome de hombros pensando arrogante que en realidad el entrenamiento había sido más bien fácil.

- ¿Entonces? – insistió.

- “Señor Davian de Mid-Azel” me fue otorgado en honor al lugar en que fui rescatado por vuestras majestades puesto que mis verdaderos apellidos y origen los he olvidado y son un misterio. Por eso es que me presento como Davian y ya. Además “señor” no me sienta en lo absoluto y tal vez mi edad lo merezca pero vos decidme con sinceridad: ¿Acaso tengo barba y parece que me pesan los años? –

Ella rió discretamente y se abanico.

- ¿En verdad queréis que os conteste esa pregunta? – replicó con el obvio afán de burlarse a mi costa.

- Si no quisiese una respuesta no os hubiera preguntado en primer lugar – dije con sorna – pero mentidme de preferencia –

- No mentiré, sois de buen ver, lo digo en serio – dijo con naturalidad.

- Vos también lo sois – respondí procurando en lo posible la misma naturalidad aunque sabía que mi voz temblaba – ¿vuestra edad, bella dama? –

- Imprudente – respondió indignada – ¿es que acaso ignoráis que es lo único que no debéis preguntar? –

- Me lo temía – dije para mis adentros – otra mas que sufre pavor al deterioro subcutáneo

- Excusadme – fue lo único que acerté a decir desconcertado – no os lo volveré a preguntar –

Ella río suavemente y su risa me hizo estremecerme… ¿que rayos me estaba sucediendo?

- Cuento 19 años hasta el día de hoy, Señor Davian de Mid-Azel – dijo tras darse cuenta que me había desconcertado su tono y que muy tarde comprendí que era fingido.

- Evitad, en lo posible, dirigíos a mi con semejante titulo – repliqué con falsa molestia – llamadme Davian y ya ¿os parece? –

- No, no me parece – replicó insolente – os llamaré como mejor crea, vos decís que vuestra edad así lo merece ¿me equivoco? –

- No os equivocáis, quizá sea yo el que se equivoque mientras no logré recordarlo –

- Sois curioso – rió discretamente – yo pensé que solo a las damas les interesaba ocultar su edad –

- Y en verdad dudo que os equivoquéis, dama de Centurie – repliqué con sorna – pero yo no tengo nada que ocultaros, si os digo que no lo recuerdo es porque no lo recuerdo –

- ¿Por que no mejor admitís que sois un crío, que os doblo en edad y que por eso insistís en ocultarla? – dijo burlona mientras intentaba solapar su risa, sin conseguirlo.

- Porque ni soy un crío, ni me dobláis en edad, ni os oculto nada – replique imitando su tono burlón – os llevaré uno o dos años de más, por lo menos seguro estoy de que no soy menor que vos –

- Sea pues como quieres hacerme creer: que habéis olvidado todo cuanto concierne a vuestra persona, excepto vuestro nombre, claro – dijo sin siquiera intentar ocultar su tono sarcástico e incrédulo.

- En realidad no es tan difícil darse cuenta de ello – repliqué en el mismo tono.

- Y aún así habéis insistido que vuestro origen es un lugar más lejano de dónde yo haya podido viajar jamás – sonrió con malicia.

- Yo no insistí en ello – me defendí – yo lo llamaría una sugerencia a ciegas –

- ¿Y que os ha dado la seguridad para sugerirlo? Si ni siquiera sabéis de dónde venís –

- Pues no, no lo sé, pero tengo motivos suficientes para pensar que vengo de más allá del pico del Mid-Ervae, de las llanuras de Ervanú o quizá más lejos –

- ¡Ah! – exclamó con alivio – por un momento pensé que hablaríais de un lugar verdaderamente lejano, esas tierras aún pertenecen al reino –

- Es suficientemente lejos de aquí –

- Quizá tengáis razón – replicó – quizá sea lejos para vos, más no para mi pues yo nací y crecí en Ervanú –

- Lo ignoraba y os ruego disculpéis mi atrevimiento por siquiera haber osado sugerir que habíais viajado poco – repliqué con exagerada cortesía con la intención de sacarle de sus casillas – pero por favor recordad que vuestra apariencia de muñeca de porcelana hace fácil pensar que son pocas las veces que os aventuráis poco más afuera de las puertas de vuestra alcoba –

- ¿Perdón? – replicó ligeramente indignada.

- Nada, nada – me excusé – fue una aseveración ruin y malintencionada con la deliberada intención de provocaros para que hicieses ese gesto tan gracioso cuando os indignáis, pero todo parece indicar que mis malévolos planes fracasaron pues mas bien os estáis riendo –

- Tonterías – replicó riendo – mas bien habláis demasiado –

Después de eso se levantó y me invitó a hacer lo mismo. En un gesto desconcertante me tomo de la mano y pareció olvidar el tema mientras paseamos durante hermosas y largas horas por aquellos jardines perfumados. La suya era una historia tormentosa. Ella era una muchacha de cuna noble, nacida en Merth pero que fue separada de su familia a muy temprana edad en un ataque a sus padres mientras viajaban de vuelta a Ervanú. Siendo una criatura desamparada le recogió un hombre llamado Cor de Emeriad quién le acogió como si fuese su propia hija, y así es como se crió y creció. Su carácter un tanto reacio y terco contrastaba con su voz dulce y su figura delicada; odiaba las complicadas reglas de la corte y las desafiaba o ignoraba cada vez que podía. Crecer tan cerca de la frontera con Vedar, dónde frecuentemente había revueltas y escaramuzas, le habían dado también un vivo interés por instruirse en el manejo de las armas. Desde pequeña quiso aprender esgrima y el mismo Cor le enseño, también aprendió a montar y se volvió una excelente amazona con una puntería temible. Por mi parte, tan solo pensaba que si era cierto todo cuanto sabía hacer esa chica, entonces quizá podría vencerme con facilidad en combate, lo cual debo admitir que me cautivó más si es eso posible.

Así pues Elaina estaba acostumbrada a una vida dura llena de incomodidades y esa era la causa, dijo, de su repudio por los baños perfumados y los vestidos largos. Cuando cumplió 11 años, sus verdaderos padres le hallaron tras 10 años de buscarle y le llevaron en contra de su voluntad. Fue separada de Cor de Emeriad a quién por mucho tiempo había llamado padre y fue llevada a Merth. Aunque al principio se negaba a admitir la realidad de la situación, tras conocer a sus padres y la historia de cómo fue separada de ellos, aceptó volver a su verdadera familia y por su parte Cor de Emeriad recibió más que una simple gratificación de parte de sus padres por haberle cuidado.

Sin embargo, ciudad Merth distaba mucho de ser Ervanú y Elaina se aburría, le era muy difícil adaptarse a la superficial vida de la corte y hubiera huido un buen día de no ser por Naomi -la reina- con quién formó un lazo muy especial y se volvió su confidente. Los 7 años que vivió ahí fueron suficientes para que dejara de extrañar las llanuras de Ervanú y se arraigara a Merth y a su complicado estilo de vida. Luego llegó la ceremonia anual de nombramiento y asistió -mas bien por insistencia de sus padres- junto con otras tantas cortesanas que lo que más bien deseaban era encontrar en alguno de tantos caballeros a un buen marido.

- En verdad no deseaba venir – dijo con cierta amargura – pero mis padres insistieron ¿Qué son estas fiestas sino una feria dónde parecen vender a las damas como si fuésemos caballos? Las aborrezco de todo corazón y quizá hubiera preferido ser torturada hasta la muerte antes que venir. Pero os seré sincera y es justo que sepáis que vos lo habéis hecho valer; aunque esperaba, y por favor no penséis que os reprocho con esto, que pudieses conversar conmigo de las llanuras de Ervanú y vuestro hogar, y más bien parece que vuestras respuestas son solo evasivas para mis preguntas –

- No bella dama, juro que os digo solo la verdad – repliqué algo confundido – en verdad que no sabéis el dolor que causa vivir así. Todo cuanto viví antes de intentar cruzar la cordillera se ha borrado de mi mente y no sé que me ha llevado tan lejos de mi hogar. Supongo debían ser motivos realmente importantes, quizás hasta urgentes y que ahora se han perdido para siempre. Pero empiezo a pensar que fue el destino y os aseguro que incluso ahora mismo pienso que no importa lo que me haya llevado tan lejos de mi hogar, pues todo este sufrimiento bien que ha válido la pena pues al final me encontré con… –me interrumpí súbitamente.

Elaina se volvió y me interrogó con la mirada.

- ¿Con…? – Inquirió con una gran sonrisa mientras un vivo rubor coloreaba sus mejillas – ¿con que os habéis encontrado caballero? –

Me sonroje terriblemente, ella sabía que iba a decir, era obvio; y aún más obvio resultaba que quería escucharme decirlo, pero me parecía descarado hablarle de ese modo.

- Con… con… – tartamudeé horriblemente, mientras pensaba febrilmente – …pues con que ciudad Merth es una de las ciudades más hermosas que he visto en todos los años de mi corta existencia – concluí y respiré aliviado, me había librado por un cabello. Aunque no contaba con la persistencia de Elaina, quién tras escuchar el atrabancado final de la frase no pudo evitar, por menos, echarse a reír.

- Bromeáis caballero – replicó mientras me miraba fijamente a los ojos – vos mentís y me pregunto por qué –

- Yo no me atrevería a mentiros – me defendí.

- Sin embargo lo hacéis – dijo riendo y luego uso un tono suave y sofisticado que terminó de cautivarme en cuanto lo escuché – si en verdad me sois sincero no podéis asegurar que Merth es la más bella de las ciudades que habéis visto, pues os recuerdo que vos no recordáis nada –

- Tenéis toda la razón, no puedo comparar Merth – dije sintiéndome acorralado y traté de desviar su atención – sin embargo no podéis decir que miento al hablar de la belleza de esta ciudad –

- No la niego, nunca la he negado – respondió sin olvidar mi dialogo incompleto e insistió – pero no tratéis de distraerme caballero, creo que podéis dejaros de tonterías y terminar esa bella frase que vuestros labios iban a pronunciar –

- ¿Y vos como podéis saber lo que os iba a decir? – pregunté burlón, me había dejado de importar el descaro y ahora entraba en juego una muy infantil necedad.

- Lo veo en vuestros ojos – dijo con tono enigmático y por la forma en que me miraba pensé que era verdad.

- ¡Ah! – exclamé con sorna – mirad bien, eso que veis es una paja, no mis pensamientos –

Volvió a reír.

- Sea paja si así lo queréis, tenéis vuestra cabeza repleta de ella y puedo verle a través de vuestros ojos –

Hice un gesto de fastidio, me había dado una buena cucharada de mi propio chocolate.

- ¿Supongo que os creéis terriblemente graciosa? – dije fingiendo molestia.

- ¡Ah! – exclamó ahora ella – no os lo toméis tan en serio caballero. Si vos insistís en que es paja, paja ha de ser, pero yo sé que no lo es, aquello que asoma en vuestros ojos es lo mismo que siento yo por vos y que deseo escuchar de vuestros labios y me pregunto por qué no simplemente lo decís –

- No creo tener razones suficientes para hacerlo – dije cruzándome de brazos.

- ¿Insinuáis acaso que no soy razón suficiente para que lo hagáis? – replicó ahora verdaderamente indignada e incrédula mientras yo permanecía inmóvil y acorralado ¿Por qué resistirme? Verdaderamente mi cerebro era de paja y aquella necedad era absurda e infundada.

- ¡No, no dije eso! – exclamé de repente – pero tampoco tengo que deciros nada ¿Por qué queréis saberlo? –

- No os confundáis – replicó coqueteando descaradamente – yo no quiero saberlo pues ya lo sé, sois vos quién quiere decirlo, más no os atrevéis –

Ya no supe que decir, me había desarmado completamente. ¿Qué más podía hacer? ¿Podía ser cierto todo aquello? Perdí la mirada en el enigma que se dibujaba en sus ojos, un remolino turquesa de belleza indescriptible y ya no pensé en resistirme, en verdad ya no pensé nada más.

- ¿Y bien? – dijo deteniendo su paseo a mí alrededor y sacudiendo de imaginarias motas de polvo los pliegues de mi ropa.

- Sois una muchacha arrogante – dije completamente vencido mientras tomaba sus manos entre las mías. El tacto de su piel me estremecía, su suavidad era electrizante – ¿lo sabíais? –

- ¿Lo dice quién se niega a hacer un lindo cumplido a una niña que ha robado vuestro aliento? – replicó sosteniéndome la mirada con firmeza.

- Me encontré con vos – me rendí – en verdad todo mi viaje y las penurias han valido la pena pues os conocí a vos, Elaina de Centurie –

El rubor en sus mejillas enrojeció más aún y pude sentir que su respiración se entrecortaba.

- Espero que lo digáis en serio – dijo dudando por un instante.

- Oh no – repliqué sarcástico, sin poder resistir a mi verdadera naturaleza mientras que descaradamente la tomaba por cintura – podéis estar segura que solo os lo dije para me dejéis en paz de una buena vez –

- Sois tan poco romántico – me reprochó sin soltarme, rodeando mi cuello con sus brazos.

- Quizás – repliqué – aunque yo prefiero pensar que soy poco convencional y que tanto romanticismo no me hace falta –

- Os equivocáis – replicó murmurando apenas, mientras todo nuestro ser exigía que nos calláramos de una buena vez – si que os hace falta –

- ¿Quizá os baste algo de poesía? – insistí tontamente.

- ¿Y que es poesía Davian? – preguntó ahora algo fastidiada al ver que no me callaba.

- Pues es… – intenté seguir pero ella me lo impidió.

- Solo callaos – dijo simplemente colocando uno de sus delicados dedos sobre mis labios al tiempo en que el tiempo mismo se suspendía por un instante que duro mucho tiempo y que en realidad nunca llegó y no nos besamos. Mientras más lo pienso, más cuenta me doy de que no solo fue esa repentina voz a mis espaldas lo que nos detuvo. Aquello fue el destino, una premonición negra de los acontecimientos por venir y aunque en ese momento no podía siquiera sospechar la injerencia de aquel hombre en lo que me había llevado hasta ese lugar y mucho menos imaginar el camino que había preparado para mi, hubo algo en su voz que volvió a estremecer mi memoria y me invadió un desasosiego inexplicable.

- Disculpad señorita Elaina – dijo y ambos volteamos a ver al dueño de aquella voz, un hombre alto, fornido y que daba la impresión de tenerle mucho amor a su bigote. Vestía un elegante traje de guardia y vagamente recordaba haberlo visto dentro del salón. Cuando tuvo nuestra atención terminó su mensaje – vuestros padres os esperan –

Elaina me soltó y le detuvo en un instante.

- Hiare, bien sé que puedo ordenaros callar sobre todo lo que habéis visto y oído, pero prefiero pedíroslo amablemente: tened la gentileza de no decir a mis padres la situación en que me habéis visto, os lo ruego –

 

- ¿Hiare? – me interrumpe Han – ¿hablas de…? –

- Si del mismo – respondo su pregunta incompleta.

- Pero Hiare ni siquiera es hombre –

- Ya lo sé Han – replico con un poco de fastidio – pero yo no sabía y se presentó como hombre ¿puedo seguir? –

- Entiendo, lo siento, por favor continua –

 

Personalmente dudé que hubiera alguien capaz de resistir esa mirada suplicante.

- No os preocupéis señorita – dijo Hiare comprensivo y aunque me dedicó una mirada de complicidad me sentí intranquilo, luego Elaina volvió conmigo por unos pocos instantes – por favor apresuraos –

- ¿Os volveré a ver? – pregunté tontamente.

- Pero que preguntas – exclamó ella riendo – ¡por supuesto que me veréis! –

- ¿Cuándo? – insistí.

- Venid mañana a la fuente de Miranda y os encontraré ahí a la una – dicho esto puso un pañuelo entre mis manos, me estampó un dulce beso en la mejilla y se fue.

De nuevo me quedé solo en aquella fiesta, pero si de por sí me había cautivado la belleza de la noche, ahora me pareció completamente insuperable. Fue una chispa que me devolvió la esperanza y me hizo sentir que no estaba solo. En verdad es increíble lo que el enamoramiento puede hacerle a uno: fue suficiente para sacarme de aquella depresión enfermiza en la que me había sumido y hasta pensar que vivir sin recuerdos podía ser menos sombrío de lo que al principio había creído.