24 de mayo de 2009

(Capitulo 3) El despertar

Durante mucho tiempo me debatí entre la vida y la muerte, entre la conciencia y la inconsciencia. Desvariaba incongruencias mientras que mis recuerdos se disolvían y desaparecían en la negrura. Luchaba contra males inexistentes y el mundo velado se deslizaba lentamente ante mis ojos hacía atrás. Rostros extraños se inclinaban sobre mi con aire preocupado mientras que me arrastraban en contra de mi voluntad, y cuando creí que me volvería loco y que ya no podría más, caí en un profundo sueño y me olvidé de todo.

Cuando recuperé la conciencia estaba en una habitación de grandes ventanas por las que entraba la luz del sol, alegres cantos de pajarillos y el inconfundible sonido del agua de una fuente. Quise entender qué había sucedido pero tenía la mente en blanco, no podía recordar nada, no sabía dónde estaba ni como había llegado a ese lugar, no hubiera podido decir mi edad, ni quienes eran mis padres o hermanos, ni siquiera hubiera podido decir mi nombre completo, absolutamente todo se había ido.

Tenía la mirada perdida en el vacío cuando entró una mujer a la habitación y yo, alegre de ver a alguien, le pregunté dónde estaba y que había pasado pero ella salió tan apresuradamente como había entrado y le oí alejarse. ¿Se habría asustado? Me imaginé que sería alguna criada y que había ido a llamar al dueño de la casa en la que amablemente me estaban hospedando. Mis suposiciones resultaron correctas pues pronto escuché pasos fuera y casi de inmediato un hombre de edad madura y ceja enjuta entró a la habitación y me habló jovialmente en un lenguaje que yo jamás había escuchado. Era un hombre bastante alto, fácilmente de dos metros y al menos cincuenta años, sus ojos negros eran penetrantes y su melena cuidadosamente peinada era del mismo color que sus ojos a pesar de las numerosas canas que ya se contagiaban a su abundante barba, tan cuidadosamente peinada como su cabello. Se le veía fuerte y orgulloso, aunque no por ello escapaba a los ojos su carácter generoso y sus ademanes delataban educación y nobleza. Le miré con extrañeza sin saber que responder. Él lo volvió a intentar hablando más despacio y con señas le hice entender que no le comprendía, entonces él sonrió y también usando señas me dio la bienvenida y se presento conmigo como Centuriel.

Por mi parte no pude decir cual era mi nombre a ciencia cierta. Sin embargo él repitió varias veces el nombre Davian mientras me señalaba y caí en la cuenta que se refería a mi. Luego mi hospitalario anfitrión hizo traerme un desayuno que mi apetito no tardó en desaparecer. Él se retiró mientras comía y cuando terminé, la esposa de mi anfitrión, de nombre Naomi, vino a conocer a su singular huésped. Ella era una mujer de no más de 40 años, sus cabellos cobrizos y lacios caían con gracia sobre sus hombros, de rostro pequeño, nariz respingona y hermosos ojos verdes. Con señas agradecí su hospitalidad a ambos y tras darme una primera y breve lección de su idioma, se marcharon para que descansara y dormí de corrido hasta el otro día.

Mis heridas no habían sido muy graves a pesar de aquella caída estelar en el piso de piedra de la gruta, lo que casi me mata fue el haber andado por entre la tormenta varias horas sin abrigo alguno. Al parecer fueron dos semanas de estar inconsciente y casi al borde de la muerte y por lo mismo el médico aún me recomendó guardar reposo prolongado. Sin embargo y a decir verdad no hay nada que me fastidie tanto como estar arrojado en una cama, así que en cuanto me sentí con fuerzas me levanté y exploré aquel palacio. Luego y con un poco de ejercicio diario me recuperé completamente, lo cual sorprendió visiblemente a mis amables salvadores, quienes ofrecieron hospedarme algún tiempo más, mientras aprendiera (o recordase) lo necesario para valerme por mi mismo en aquel lugar. Un buen día Centuriel me mostró un gran mapa de su país, llamado Mirau. Un reino enclavado entre las montañas y en el que destacaba un gran valle llamado Merth, hundido entre dos inmensas cordilleras: Ervanú al sur y Carión al norte. Centuriel me señaló el lugar dónde me encontraron, en el palacio Corazón de las Montañas en medio de la cordillera de Carión, más al norte estaba el lago de Sermair en cuya orilla oeste se había levantado la ciudad de Riam y la fortaleza del lago.

Pude ver con claridad la riqueza y el poder de mis anfitriones. En realidad no había que ser muy listo para darse cuenta, siendo el señor de dos palacios de semejantes proporciones – el corazón de las montañas y en el que me estaban hospedando – Centuriel debía ser el monarca de aquellas tierras o al menos el primer ministro. Dado que sentía imprudente de mi parte dirigirme a él con una pregunta calificable de irrespetuosa, me dediqué a hacer preguntas inocentes por aquí y por allá con los criados y mis sospechas fueron confirmadas: Centuriel era el soberano. Sin embargo me parecía un tanto extraño y por alguna razón que aún no logro comprender del todo, tenía la impresión de que Centuriel y Naomi resultaban ser personas extraordinariamente sencillas para ser monarcas; aunque debo admitir que quizás estuviese equivocado y dicha percepción se debiera más bien a la sobrexcitación causada por leer novelas de intrigas del siglo XVI que - aunque no podía recordar haber leído - habían dejado mi imaginación vivamente impresionada.

Sea como fuese, aquello no me impidió quedar agradecido con ellos por todo cuanto habían hecho por mí y dado que había recuperado mis fuerzas del todo, comencé a preguntarme a que podía dedicar mis energías en aquel lugar para ganarme la vida. Quizá lo mejor que podía hacer era tomar mis pocas pertenencias y simplemente marcharme en busca de mi hogar. Me intrigaba hasta la locura y por más que lo intentaba no comprendía que rayos podía estar haciendo vagando solo por una montaña como Mid-Azel y mucho menos con que propósito. Al parecer Centuriel y Naomi no podían ayudarme mucho en ese sentido, pero como confiaba en ellos pensé que podían darme algún buen consejo.

Siguiendo los protocolos reales solicité audiencia con sus majestades y accedieron a verme aquel mismo día. Traté de abordar el tema de forma cortés pero sin dar muchos rodeos y después de agradecer todo cuanto habían hecho por mi, pregunté si había algún modo en que pudiera pagarles y serles útil ya que no podía seguir siendo una rémora que viviese a sus expensas sin que mi conciencia permaneciera intranquila.

- Vuestra gratitud habla bien de vos, caballero – fue la amable respuesta de Naomi – y ahora que os habéis acercado para hablar a este respecto creo que ha llegado el momento de entregaros aquello que os pertenece –

- ¿Qué cosa? – pregunté sin entender bien.

Ella no respondió y se limitó a sonreír

- Seguidme – dijo luego de una pausa, y así lo hice.

¿Entregarme algo? ¿Qué podía ser? No tenía la menor idea, pero esperé pacientemente. Ella hizo sonar una campanilla, tras lo cual se presentó inmediatamente un criado a quién le dijo algo en voz baja y se retiró rápidamente. Tras esperar un momento ambos monarcas se levantaron y me invitaron a seguirlos a una espaciosa sala dónde el criado sostenía en actitud de reverencia una larga alabarda y un arco de apariencia cristalina. Despidieron al criado quién cerró tras de sí las puertas de aquella habitación.

- Esto debe ser vuestro – dijo Centuriel señalando las armas.

Tomé la alabarda, tendría unos dos metros de largo y ambos extremos terminaban en una hoja afilada, el cristal era duro y frío como el hielo, perfectamente liso, de un color azul gélido que enrojecía en los extremos. Hice un molinete, era liviana y hasta parecía frágil. Entonces algo se agitó en mi memoria y cerré los ojos: Me vi de pie en un lugar desconocido, practicando con aquel objeto y alguien daba instrucciones frente a mí y cuando intenté ver su rostro la imagen se disolvió. Me concentré e intenté hacer volver la imagen pero ya no pude, a mi solo volvía el desconcertante recuerdo de estar atrapado, atado en un lugar oscuro, estruendoso y que se sacudía espasmódicamente. Volví a la realidad.

- No os podemos decir el lugar al que pertenecéis porque lo ignoramos – continuó Centuriel – tan solo sé que esas armas proceden de más allá del pico del Mid-Ervae, el único lugar dónde se puede encontrar el metal del que fueron hechas –

- No entiendo – fue mi tonta respuesta.

- Quizá esto os refresque la memoria – dijo Naomi al tiempo que mostraba un cofrecillo en el cual había un anillo de oro plateado. Incrustado al frente una insignia hecha del mismo metal cristalino mostraba una corona de cinco picos en cuyo centro un ojo miraba fijamente y debajo había una inscripción en caracteres ininteligibles. Me quedé mudo mirando aquella sortija, había algo que me resultaba familiar en esas letras pero no acertaba a atinar que era. Mi mente volvió a agitarse pero no hubo recuerdos esta vez, tan solo una la sensación lejana y vaga de haber visto antes aquel anillo y de recordarme rodeado de varias personas al tiempo que lo recibía, pero aún así no logré recordar quienes eran.

- ¿De quién o de dónde es este escudo? – pregunté alterado, olvidando frente a quienes estaba.

- Lo ignoro – obtuve como toda respuesta.

- ¿Queréis decir que no es de Mirau? – volví a preguntar olvidando que me dirigía a los soberanos. Naomi se sorprendió por mi tono de voz y mi insistencia.

- Quiere decir que si vos sois quién parecéis… – comenzó a decir pero luego guardó silencio dejando la frase incompleta.

- ¿Qué? ¿Que significa? – pregunté exaltado, su silencio solo consiguió intrigarme más.

- Significa – continuó Centuriel en su lugar – que sois un caballero de tierras lejanas y que indudablemente poseéis destreza en el manejo de las armas; además me atrevo a afirmar que habéis pasado penurias para conseguirles. El escudo del anillo habla de vuestra indudable ascendencia noble y si bien no pertenece a Mirau, bien que puede ser de alguno de los reinos al este de Ervanú, o al sur… en Vedar, las inscripciones abajo son vuestro nombre escrito en una antigua lengua muerta –

¿De verdad? pensé tontamente mientras él decía todo aquello. Fue entonces que comprendí como es que ellos sabían mi nombre a pesar de que yo lo había olvidado. Sin embargo ni siquiera ahora mismo recuerdo como es que conseguí aquel anillo o las armas, al parecer es un recuerdo que nunca podré recuperar.

- No son armas comunes y corrientes – agregó Naomi tras unos momentos – el material del que están hechas es raro y se dice que solo obedece a su verdadero dueño. Me complace poder devolvéroslas –

Había llegado el momento de hacerlo.

- Su majestad – dije hincando una rodilla frente a mis salvadores – soy yo quién se encuentra eternamente agradecido con vosotros y quisiera poder pagaros de algún modo todo cuanto habéis hecho por mí. Si es cierto que soy útil como hombre de armas permitidme entrar a vuestro servicio por el resto de mis días, pues solo así podré saldar la deuda que tengo con vosotros –

- El resto de vuestros días es mucho tiempo para alguien tan joven como vos – respondió Naomi – pero comprendo vuestra inquietud, los días que habéis pasado aquí me han convencido de vuestra nobleza sin necesidad de ver aquel valioso anillo con la estampa de vuestra casa, así pues quizás haya algo que podáis hacer –

- Os escucho majestad –

- Ya que os ofrecéis en servicio no seréis rechazado, pero a pesar de todo vuestra joven imprudencia os impulsa a ofrecer el resto de vuestra vida olvidando que son los cambios los que hacen al tiempo y no al revés. Quizá algún otro aprovecharía para abusar de vuestra ingenuidad para ataros por el resto de vuestra vida sin remordimiento alguno, cuando bien es posible que tengáis un hogar y una familia a la que os debáis y sería injusto que abusásemos de vuestra generosidad. Por eso es que os ofrezco algo mejor: entrad como guardia real y seréis tomado en servicio un mínimo de dos años, tiempo más que suficiente para que obtengáis ganancias honradas con las que os sea posible partir por vuestros propios medios. Sin embargo y si os consideras apto para ello entonces tenéis la libertad de marcharos ahora mismo: podéis tomar vuestras pertenencias y marchar ahora sabiendo siempre que podéis volver y esta será vuestra casa, sea la que fuere vuestra decisión –

Me quedé en silencio por unos momentos con la mirada perdida en el vacío. Era lo mejor que podía hacer y francamente no había contado con que fueran tan generosos. Si me quedaba un par de años mataría dos pájaros de un tiro: por un lado representaba una ocupación y me podría hacer de un poco de dinero con el que podría emprender el viaje y por el otro servirles era un modo perfecto de agradecerles todo cuanto habían hecho por mi, dos años era un tiempo perfecto.

- Acepto – respondí simplemente.

Ambos sonrieron casi imperceptiblemente y Naomi se levantó y tras despedirse amablemente se retiró. Centuriel llamó a un escribano a quién redacto una carta y después de colocar el sello de su majestad me la entregó.

- Gracias mi señor – es lo único que acerté a decir.

- Presentaos mañana en el campo de entrenamiento con el señor Bisut, el habrá recibido mis órdenes y os tendrá lista una prueba para evaluar vuestras habilidades –

- Si, mi señor –

- Espero no os presente problema –

- No señor –

- Retiraos ahora y asistid puntual a vuestro compromiso mañana –

Hice una reverencia y me retiré del lugar. A pesar de que esta solución no me convencía del todo fue suficiente para que dejara de darle vueltas al asunto. No sería sino hasta después de mucho tiempo que todos aquellos recuerdos se esclarecerían en mi memoria y comprendiera entonces todo el enredo en que estaba sumido y en el que estaba a punto de sumergirme más aún, mientras tanto lo único que podía hacer era intentar vivir de acuerdo a aquella historia que empezaba a entretejerse en mi cabeza aún cuando no pudiera comprenderla del todo.

8 de mayo de 2009

Penumbra y Sombra

No han pasado más de 5 minutos desde que las luces se apagaron allá afuera y que la oscuridad devorara los contornos de de la persiana que se mece con suavidad y ligereza acariciada por la brisa que entra por la ventana. El silencio sería casi total de no ser por el eco lejano e indistinto del viento meciendo los árboles y la autopista por la que corren autos a todas horas de forma indistinta. El reloj marca las 12 mientras intento conciliar el sueño revolviéndome entre las sábanas por enésima vez, sin resultados, mas bien pareciera que -sentado allá en el rincón- se riese burlón de mi, mientras disfruta el espectáculo que supone verme luchando contra los pensamientos más descabellados que cruzan mi mente y la sarta de sinsentidos que me atormentan. No puedo dormir, el calor es infernal, el aire esta viciado, el bochorno me esta sofocando muy a pesar de que tiene rato que arrojé el cobertor lejos de mi.

- Por favor… por favor – ruego en silencio mientras me incorporo y me siento en la orilla de la cama mesándome los cabellos – sal de mi mente, déjame dormir… déjame en paz, por favor calla… sólo… vete –

No hay respuesta, nunca la ha habido; al contrario es tu nombre el que vuelve a mis labios y juguetea en ellos, los ilumina con una sonrisa tímida que se opaca de inmediato por el dolor, un dolor punzante y agudo que me traspasa el corazón y me impide respirar. Me llevo las manos al pecho e intento arrancarme el corazón sin lograrlo, sabiendo de antemano que mis intentos son ridículos y patéticos, que no solo no lo lograré sino que en realidad ni siquiera lo quiero, que muy al contrario soy un masoquista imbécil que ama este sensación, que ingenuamente disfruta de esa insoportable llama que me escose en el alma, tal como escose una gota de limón en la herida abierta. ¿Por qué tiene que doler? ¿Será más bien el miedo que me carcome? ¿Pero miedo a qué… miedo a qué?

 

La respuesta es tan sencilla y ridícula que me causa asco…

 

…tengo miedo de sentir ese dolor de nuevo…

 

…no…

 

…no tengo miedo…

 

…en realidad estoy aterrado…

 

…porque aunque lo deseo…

 

…simplemente no puedo…

 

…ni quiero…

 

…volver a sentirme así de nuevo…

 

…pero que ahora seas tú la causa…

 

…y aunque con esto no quiero decir que forzosamente lo serás…

 

…por favor acepta esta sincera disculpa por sentirme así por ti…

 

…no ha sido mi intención y supongo que lo sabes…

 

…pero si no, solo por favor se amable y devuelve mi corazón con gentileza… gracias, eres toda una dama.


Gloom and Shadow

I hasn't been more than 5 minutes since the lights turned off otuside and for darkness to devour the outlines of the louver that swings softly and thin cuddled by the breeze that comes trough the window. Silence would be absolute if there wasn't that far and vague echo of the wind swinging the threes and the highway where cars are running all the time. The clock strikes midnight while I try to fall asleep revolving myself in the sheets for nth time, without results, its more like if -sitting there in the corner- the sleepiness would mock in laughs of me, while enjoying the spectable that means to watch me fighting against the worst misbegotten thoughts that ride trough my mind and the bunch of nonsenses that harass me. I can't sleep, the heat is infernal, the air is faul and the sultriness is suffocating me even thought I threw away the blankets a while ago.

- Please... please - I beg in silence while I sit down in the border of the bed, messing with my own hairs - get out of my mind, let me sleep... leave me in peace, just shut up... just... go away -

There's no answer, it has never been; in the opposite your name comes back to my lips and play in them, illuminates them with a shy smile that dims immediately because of the pain, a acute stabbing pain that pierces trough my heart and draws my breath. I bring my hands to my chest and I try to pull out my heart with no success, knowing from beofre that my attempts are ridiculous and pathetic, that not only I won't make it but that in fact I don't even want it, that completely the opposite I'm an imbecil masochist that loves this sensation, that naively enjoys this unbearable fire that burns my soul, just as lemon in an open wound. Why does it has to hurt? would it might be the fear gnawing me? but fear to what... fear to what?

 

The answer is so simple and ridiculous that disgusts me...

 

…I'm afraid of feeling that pain again…

 

…no…

 

…I'm not afraid…

 

…in fact I'm terrified…

 

…because even if I want it…

 

…I simply can't…

 

…nor want…

 

…to feel like that again…

 

…but that this time you’ll be the cause…

 

…and even if I don't mean that necessarily you will be…

 

…please accept this sincere apology for feeling this way for you…

 

…it was not my intention and I think you know it…

 

…but if not, just please be kind and give back my heart gently… thanks you're a real lady.